Este si que era " The special one"
Jaco Zafrani: Un personaje único
No sé si seré capaz de describir a Jaco y la multitud de anécdotas y recuerdos que me trae. Es un personaje que, si no has hablado con él o no lo has visto alguna vez, difícilmente seré capaz de explicar su carácter y su manera de hacer, tanto cuando lo tuve de entrenador como cuando lo enfrenté de rival.
Es, con mucha diferencia, la persona más peculiar que me he encontrado en el fútbol. Y me he encontrado a unos cuantos. Jaco es único.
Tras cesar la AD Ceuta a Máximo Hernández como entrenador (después de cuatro partidos de Liga y uno de Copa), se empezó a rumorear que Jaco sería su sustituto. Todos los jugadores del vestuario lo conocían, habían entrenado a sus órdenes antes, todos sin excepción… menos Benítez —el otro fichaje que hizo el Ceuta ese año— y yo.
Decían: «Otra vez Jaco…», y a continuación se sonreían. Esa actitud me extrañaba en un vestuario como aquel, formado por gente supercurtida en grado máximo.
Había oído hablar de él y solo una vez lo había visto, estando esperando para comer en el restaurante donde lo hacíamos a diario, La Caballa de Oro. Pasó por delante de nosotros un Volvo blanco y alguien le dijo a Aramburu: «Mira, ahí va Jaco». Aramburu le gritó a modo de saludo: «¡Jacooo!». Desde el coche salió una mano y una cabeza, pero sin mirar atrás, agitando la mano como si el saludo le diera una alegría inmensa. Aramburu dijo: «Vaya personaje…». Ese fue mi primer contacto visual con Jaco.
Es difícil describir el momento en que lo vi por primera vez como técnico. El presidente nos hablaba desde una pequeña puerta que había entre el vestuario y la sala de masajes, y detrás se veía una figura que asomaba la cabeza a medias, muy atento. Después del discurso típico, el presidente dijo la frase: «Desde ahora, Jaco se hace cargo del equipo».
Y apareció Jaco de cuerpo entero. Iba vestido con una camiseta azul, pantalón corto azul, medias rojas, sin botas… y un poco zambo. Alguien a mi lado murmuró: «Parece un pollo de perdiz». Era bajito, calvo y con una mirada vivaracha; parecía que sus ojos querían mirarnos a todos a la vez. Sin más, dijo: «Ya está todo dicho, vamos a entrenar».
Salimos al campo. El recinto estaba, no voy a decir lleno de gente para ver el entrenamiento, pero casi. Yo me preguntaba: «¿Pero qué pasa aquí?». Se dirigió a nosotros y nos dijo que montáramos grupos de tres y que, cada vez que nos pasáramos el balón, dijéramos el nombre del compañero al que se lo enviábamos.
Yo estaba con Pacum (que era portero) y Pepe Almagro. Dio la casualidad de que el balón lo tenía yo. Toda la plantilla formada en grupos de tres en un espacio reducido al área grande del campo, y un runrún constante en la grada. Comenzó el ejercicio. Le pasé el balón a Pacum y dije su nombre de una manera normal. Pacum recibió el balón y dio un grito desgarrador: «¡Almagrooooooo!», y le pasó el balón. Almagro recibió el pase y me la devolvió con un grito aún más fuerte: «¡Rooojaaaaaas!».
Escuchaba a todos los grupos en el mismo plan: «¡Valenzueeeeeela!», «¡Coneeeejoooo!», «¡Cervanteeeees!», «¡Aramburuuuuuu!». Era una cosa de locos. Yo no sabía qué hacer ni qué pensar… cuando veo a Jaco descalzo, con las medias rojas, corriendo como un loco alrededor de todos los grupos en círculos mientras gritaba: «¡Vamooooos, ese es mi comando! ¡Vaaaaamos, mi comando!». El público, enloquecido, aplaudía y gritaba.
Yo no quería reírme, pero los cabrones de mis compañeros no me habían dicho nada y no podía aguantar la risa; las lágrimas me brotaban por todos lados. Pero visto el espectáculo, si veía que me reía, cualquiera sabía lo que podía pasar. Todos mis compañeros estaban muy serios en su papel. Creo que ha sido el peor trago que he pasado en mi vida en un entrenamiento o en cualquier situación.
Ese fue mi debut directo con Jaco. Podría contar infinitas anécdotas de él porque sería larguísimo, pero solo os diré cómo eran los partidos de los jueves.
Él los llamaba «Partido Directo». Salíamos al campo y, sin calentar ni nada, elegía a dos capitanes. Cada uno escogía un jugador, con él de testigo. Lo primero eran los porteros, como es natural. Lo siguiente ya era más complicado de contar: lo normal era elegir a un defensa. Si el que hacía de capitán era un jugador importante, de los que jugaban siempre, y escogía a un delantero para asegurarse goles en lugar de a un defensa, Jaco decía: «Bien pensado… ¿Por qué tal delantero no puede jugar de defensa? Bien pensado…».
Pero si el que hacía de capitán era de los jugadores que apenas jugaban y hacía la misma operación eligiendo a un delantero, Jaco le decía: «Pero hombre… ¿Cómo fulano va a jugar de defensa? Mucho cemento tiene usted en la cabeza. No me vale, no me vale», poniendo la cara arrugada para hacer ver la falta de inteligencia de ese jugador. A muchos les entraban ganas de matarlo.
Una vez terminada la elección, arrancaba el «Partido Directo»: sin calentar, a jugar con la táctica de Jaco, que consistía en lo siguiente: en tu propio campo a un toque, y una vez superado el medio campo, cada uno era libre de jugar como quisiera. Parece una cosa muy simple, y lo es. Pero jugar a un toque en tu campo sacando el balón con calidad, y después tener la suficiente imaginación individual y colectiva para jugar bien, no lo es tanto. Pero aquel equipo lo hacía a la perfección.
Mi inicio fue desastroso con él. A mí me fichó Máximo Hernández, cedido por el Atlético de Madrid. Para que os hagáis una idea de mi primer contacto con Jaco a nivel profesional: jugamos un partido amistoso contra el San Fernando. Éramos 25 en plantilla, con tres porteros. Hizo el equipo titular para el primer tiempo; por supuesto, yo no estaba. Salió otro equipo completo en la segunda parte; tampoco estaba. En ese periodo hizo dos cambios, uno de ellos el tercer portero del equipo, al que puso a jugar de CENTROCAMPISTA antes que a mí (que, por cierto, no jugué ni un minuto). Yo había jugado de titular cuatro de los cinco partidos anteriores con M. Hernández sin ser sustituido nunca.
Fue un reto para mí cambiar esa situación, y vaya si cambió. Jaco después fue siempre incondicional conmigo. Pero eso ya es otra historia.
A Jaco Zafrani es muy difícil describirlo y hablar de él en pocas palabras. Es un personaje único al que tengo mucho cariño. Aunque alguna vez me dijo: «Rojas, mucho cemento», señalándose la cabeza. Y cuando hacía eso, no te estaba alabando precisamente.
(Nota: Hoy, 16 de enero de 2022, seis años después de escribir esto, me he enterado de que ha fallecido. DEP).
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