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jueves, 22 de septiembre de 2016

HISTORIA DE VESTUARIOS

                   Historias de vestuario

Existe un lugar —un espacio físico con sus paredes, su techo, perchas, algunos con taquillas, bancos para sentarse, camilla de masaje, no todos con pizarra, unos grandes, otros bastantes pequeños— donde conviví a diario durante más de veinte años de manera ininterrumpida. Ese sitio no es otro que el vestuario.

Yo diría que es la parte más importante del campo. En las áreas se defiende y se consiguen los goles; en el centro del campo se va desplegando la estrategia para vencer al contrario o destruir la del rival; en las gradas están los aficionados animando... o no, disfrutando con sus jugadores preferidos o casi disfrutando cuando falla el futbolista al que le tienen manía, tratando de minar la moral del contrario de cualquier manera y, sobre todo, acordándose mucho de la madre del árbitro.

Pero el vestuario tiene un halo de misterio para casi todo el mundo, porque es el único sitio donde solo saben realmente lo que pasa allí dentro los jugadores, los masajistas y los utilleros... (vaya personajes estos últimos, habrá que hablar de alguno alguna vez). El entrenador, normalmente, sabe lo que sabe porque alguien se lo cuenta... y volvemos a los masajistas y utilleros, que en muchos casos son la misma persona.

Es el lugar donde se pasan momentos muy buenos, buenos, regulares, malos, muy malos o peores que malos, pero todos intensísimos. Se forma una gran familia de 22 o 25 personas, cada uno de su padre y de su madre, con distintos objetivos personales: unos que van, otros que vienen de vuelta y muchos que no saben si van o vienen, todos compartiendo un espacio único al que no puede acceder casi nadie. Y cuando entra alguien ajeno, aunque sea el presidente del equipo, molesta... Molesta y mucho. Ellos mismos lo notan; algún presidente me llegó a confesar: «Me noto extraño ahí dentro».

En los vestuarios he conocido a todo tipo de personajes y situaciones: me he reído como en ningún sitio, he estado más triste que en casi ningún lugar, y he conocido a mis mejores amigos y a mis mejores conocidos. Hay una categoría en las relaciones humanas que son los «conocidos»: no son amigos, pero los conoces y te caen bien o mal. Yo tengo muchos y magníficos conocidos de vestuario. Quiero contar algunas historias: de algunas no daré nombres porque son desagradables, y de otras sí porque son divertidas.

Empezaré por una muy desagradable y que tengo clavada en la espina porque no reaccioné como debí y como me correspondía haberlo hecho por ser el jugador más veterano del equipo. Aunque hubiera sido el más joven, no debí permitirlo o, por lo menos, haber hecho algo distinto a lo que hice: asombrarme y callar.

Era ya mi último año en un vestuario. Debí dejarlo antes, pero me divertía ir a entrenar, aunque cada vez menos, pues ya apenas participaba los domingos y así deja de ser divertido. Llegamos al vestuario y noté que nadie salía al campo; era raro. Un jugador le dijo al entrenador que tenía unas cosas que decir y le pidió permiso para hablar ante la plantilla antes de empezar la sesión. El Míster accedió.

Este jugador sacó unas cuartillas de libreta escritas a mano —estaba claro que no quería que se le olvidara nada— y empezó diciendo algo así como: «Quiero decir algo al Míster delante de vosotros».

Y comenzó. La primera frase fue: —Míster, es usted (se podría haber ahorrado el usted) el entrenador más malo que he visto y tenido en mi vida.

De ahí en adelante, un chaparrón: «No tiene ni puta idea», «hace lo que la Directiva le dice»... Sacó mierda de cuando coincidieron en otro equipo e incluso lo acusó de quedarse con dinero en aquella etapa anterior. Le dijo de todo, anteponiendo la palabra «usted» a cada insulto, como si le tuviera el más mínimo respeto.

Yo miraba a uno y a otro y no me lo podía creer. Imaginaba que en cualquier momento el entrenador se iba a abalanzar sobre este chico para molerlo a palos. Ya no eran temas deportivos —en ningún momento lo fueron—: era un ataque personal y gravísimo, un menosprecio tras otro. Aquello no tenía fin.

Terminó la disertación cuando ya no le quedaba más veneno que soltar por la boca. Y el entrenador solo dijo: —«¿Has terminado? Vamos a entrenar».

Increíble.

Yo aún hoy me avergüenzo de haber presenciado esa situación sin hacer nada. Tenía que haber cortado aquello o, por lo menos, haberme salido de la caseta. Lo peor de todo es que muchos compañeros salieron al césped con una sonrisa cómplice...

La otra historia no sé si sabré explicarla bien, pero me reí muchísimo por lo divertidos que eran sus protagonistas y por la verdades que escondía.

Ocurrió en el debut de Juanito con Los Boliches —creo que fue contra el Atlético Sanluqueño—. Estábamos a punto de salir a calentar y Juanito, en un momento dado, preguntó: —¿Quién tiene el Réflex?

Santi creo que se lo pasó. Juanito apoyó una pierna en el banquillo para que el espray se distribuyera mejor y, en ese instante, Juan Porras se puso en cuclillas, muy encogido debajo de Juanito, y le dijo: —Juan, échame un poco a mí.

Llevábamos tantos años en esto que nos dolía absolutamente todo; teníamos molestias de todo tipo y los más veteranos acumulábamos más de una operación grave. Cuando nos poníamos Réflex o cualquier linimento, nos lo echábamos desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Por eso Porras, agachado en cuclillas bajo Juanito, le pedía que le echara un poco... para que el espray le cubriera el cuerpo entero.

Son dos historias, dos anécdotas entre las miles que puedo recordar: las trágicas y las cómicas. Así es la vida que se respira dentro de un vestuario.

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