CAPÍTULO 5: 1982, EL MUNDIAL DE LAS LUCES Y LAS SOMBRAS
Sí, 1982. Ese año fue el Mundial de España; para mí, el mejor Mundial de la historia (como se dice hoy día, que todo se mide y todo es "lo mejor de la historia"). Donde pasaron tantas cosas y tan variadas, de las que hacen a uno grande y también miserable... Sí, miserable; el fútbol a veces es miserable y tramposo.
Hablo en clave personal; todo lo que diga puede ser usado en mi contra. Digo esto porque voy a hablar de jugadores mucho mejores que los de ahora sin salvar a ni uno, y decir esto hoy día puede ser causa de que me fusilen al amanecer... Voy a escribirlo primero desde el plano general, por eso el título: "1982, capítulo 1". Mañana u otro día lo haré desde cómo lo viví personalmente; imagino que lo titularé "1982, capítulo 2". Quién sabe si habrá un tercero.
España tenía una selección magnífica, extraordinaria... Reconocida: Juanito, Arconada, López Ufarte, Gordillo, Camacho, Quini, Gallego, Zamora, Santillana... magníficos jugadores. De verdad, un gran equipo. El entrenador era Santamaría; se fue muy, muy duro con este hombre, demasiado, después del Mundial. La participación de la Selección fue un fracaso inexplicable hasta que un día lo explicó Arconada en una entrevista que le escuché, en uno de esos programas que se hacen ahora para que jugadores de antes alaben a los de ahora; el programa era, creo, sobre Casillas.
Pero no era la única selección potente que participó; creo que nunca en un Mundial se ha dado tal cantidad de fenómenos en sus respectivas selecciones, acompañados de más fenómenos como "actores secundarios", por llamarlos de alguna manera. Cito algunos: Maradona, Zico, Platini, Rummenigge, Kempes, Keegan, Blokhin, Sócrates, Altobelli, Madjer... (Este último merece un capítulo aparte; es de esos jugadores de los que nadie se acuerda, pero era un megajugador; que se lo pregunten al Bayern). Estos eran, digamos, los más mediáticos, pero os invito a que indaguéis en las plantillas de casi todos los equipos: alucinante.
Hoy solo voy a comentar algo que apunté antes: el motivo del fracaso de España (o eso parece). No ya de clasificación —eso no se sabrá nunca—, sino de juego y de actitud. Nadie entendía por qué no podían con las botas; se decía que si los nervios, que si Santamaría, que (lo de siempre) no tenían "hormonas" masculinas... Yo nunca lo entendí hasta que Arconada lo explicó, y qué fácil de entender es ahora. Teníamos al enemigo en casa, un enemigo sin mala intención (creo). Seguro que lo hizo con muy buen ánimo, quizás quiso inventar; algún amigo de alguien al que le dieron ese cargo, no lo sé. Santamaría tendría algo que ver, imagino, lo convencieron de que era lo mejor... Pero es inexplicable que hicieran eso. El enemigo —o enemigos— fueron quienes organizaron y eligieron el sitio de concentración. España jugaba en Valencia con temperaturas de más de 30 grados a la hora del partido y una humedad enorme, y la selección estaba concentrada en altura (dijo el sitio, pero no lo recuerdo) a una temperatura de 9 o 10 grados. Con el cambio brusco de temperatura se quedaban sin tensión, sin fuerzas; no podían ni respirar, los partidos eran un suplicio. Arconada, muy sutilmente, dijo: "El que planificó la concentración no estuvo muy acertado, precisamente".
En definitiva: el clima de España se cargó a España. Después de pasar un poco por encima del porqué de la decepción de la Selección Española, quiero hablar de ese maravilloso Mundial donde pasó de todo: Un equipo fantástico jugando el Mundial, pero con su país en guerra. Un equipo maravilloso, como yo nunca he visto, eliminado. Uno de los mayores tongos vistos por millones de personas para que un equipo modesto quedara eliminado. Una semifinal que fácilmente puede ser el mejor partido de fútbol en un Mundial de la historia. Un sistema de clasificación de lo más raro. Un campeón que solo jugó bien la final. Esto fue lo más relevante... Comencemos.
Argentina contaba con mejor equipo del que cuatro años antes se había proclamado campeón en su propio país; eran casi los mismos, pero con el refuerzo de un tal... Maradona en plenitud. Pero Argentina estaba en plena Guerra de las Malvinas y eso se les notó mucho. Cuando el viento iba a favor, golearon y maravillaron, pero cuando iban mal dadas, perdían los papeles, como Maradona contra Brasil, que se hizo expulsar. También Maradona sufrió un marcaje (de los de antes) de Gentile contra Italia que, hoy día, lo hubieran expulsado siete u ocho veces en el mismo partido. Argentina no tenía la cabeza aquí y se les notaba mucho.
Brasil fue el mejor equipo que he visto nunca; solo verlos calentar merecía la pena pagar la entrada. Unos jugadores fantásticos, llenos de talento, alegría y destreza con el balón, con una táctica muy clara: divertirse ellos, divertir al espectador y demostrar qué clase de jugadores había en esa época en Brasil. ¡Y vaya si lo lograron! Nunca un equipo que perdió ganó tanto; fue el campeón sin trofeo en el corazón de todos, incluidos los equipos participantes. Ver sus regates, su fluidez y su elegancia era como ver ballet con botas de tacos.
Alemania y Austria hicieron el tongo de todos los tongos. Ni bolas calientes, ni apuestas amañadas, ni nada imaginable: esas cosas se hacen por dinero. Lo que hicieron estos fue humillar a un equipo fantástico y a un país, y esto es imperdonable. Lo más vergonzoso que se ha vivido en un Mundial y en cualquier campo de fútbol lo protagonizaron dos equipos cuyas sociedades se nos quieren hacer ver como ejemplo de trabajo, decencia y esfuerzo... Pues cuando hay que hacer trampa, la hacen, y la más gorda que se recuerda. Pactaron un resultado para poder eliminar a... ¡ARGELIA! Tan teutones ellos, tan rubios y tan fuertes... Debieron expulsarlos del Mundial y castigarles sin asistir a Eurocopas y Mundiales durante varias ediciones. Pero estaba de por medio Alemania —ya entonces mandaba mucho— y no pasó nada.
El sistema de clasificación no era de eliminatoria hasta la semifinal y final, sino que eran grupos de cuatro al principio, después cuatro grupos de tres y cada campeón jugaba la semifinal: 1º Grupo: Bélgica, Polonia y la URSS. 2º Grupo: Alemania, España e Inglaterra. 3º Grupo: Argentina, Brasil e Italia. 4º Grupo: Austria, Francia e Irlanda del Norte (aquí se suponía que debía caer España). El sistema fue un error monumental; premió a equipos que no lo merecían y otros fueron muy perjudicados. La idea fue que España, en su grupo (que era muy fácil), llegara casi a semifinales y en base a eso se hizo, pero el fútbol no son matemáticas. Fastidiaron un Mundial con unos equipos de leyenda.
La semifinal entre Alemania y Francia seguramente será uno de los mejores partidos de la historia de los Mundiales. Pasó de todo; sobre todo, un repaso monumental de Francia a Alemania, con un Platini magistral y un árbitro que fue un cobarde. En la acción de Schumacher sobre Battiston, en una acción criminal que casi lo mata, fue un penalti clamoroso y expulsión por violencia extrema, pero el árbitro cobarde no pitó nada. Francia llegó a ir ganando en la prórroga 3-1, pero salió Rummenigge lesionado y... Francia se descompuso de una manera increíble (estaba siendo la sorpresa en juego y resultados del torneo, la mejor selección tras Brasil) y llegaron a empatar. Increíble. Los penaltis cometieron la segunda injusticia del Mundial: Francia eliminada.
Y por último, el campeón: Italia. Se clasificó en la primera fase porque N'Kono, portero de Camerún, se resbaló y consiguieron empatar. Estaba eliminada y se metió con mucha suerte. Después ganó a una Argentina muy deprimida (con el marcaje rayando en lo brutal de Gentile a Maradona) y el partido contra Brasil aún me duele recordarlo. Ganó, aún no saben cómo... o sí. Jugaron con doce: el delantero centro de Brasil, Serginho, fue el mejor de Italia. Y llegó la final. Ahí sí hubo la mejor Italia que yo he visto: estuvo maravillosa. Ver a su presidente, Sandro Pertini, saltando en el palco fue estupendo para ver la cara de los tramposos. Alemania no existió. Me alegré mucho; nunca debió jugar esa final. Casi le perdono a Italia que eliminara a Brasil... pero solo casi. Nunca se lo perdonaré.


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