De Manolín a Manolo Carrión
Manolín, Manolo Carrión: El genio de El Boquetillo
Llegué a Fuengirola, a la barriada de San José —hoy y siempre El Boquetillo— en 1966 o 1967. La verdad es que no estoy muy seguro, me decanto por la primera fecha, pero no es relevante: tenía 6 o 7 años. Lo de San José se olvidó pronto tras la instalación de mi familia y el ir acostumbrándome al barrio. La verdad, para lo niño que era, había viajado bastante: viví en dos ciudades diferentes, Melilla y Badajoz, y pasaba los veranos entre Córdoba y Barcelona. Como uno puede imaginar, son recuerdos muy vagos, propios y con información de mi madre.
El caso es que ya iba saliendo a la calle a conocer gente. En esos tiempos había muchos niños y todos estábamos en la calle; enseguida me hice amigo de los del bloque: Antonio Gil, Pepe y Salva Tamayo, el Bori que vivía en el bloque de enfrente... En fin, podría citarlos a casi todos porque aún hoy me da mucha alegría verlos y por suerte a casi todos los sigo viendo. Como se puede imaginar uno, los útiles para el juego de la época eran solo dos: la imaginación y una pelota de fútbol lo más redonda posible. Lo primero no sé si tenía, pero lo segundo sí, y tenerlo por lo menos te aseguraba que jugabas siempre (y no de portero). El balón era un imán para que aparecieran a jugar todos. Los niños de esa época éramos niños durante muchos años y jóvenes menos años; era impensable que a un tío de 30 años se le dijera joven en ese tiempo. Jugábamos mezclados niños de entre 7 y 12 o 13 años o los que fuesen, sin plantearnos las edades de quien jugaba. Ya he dicho que se era niño más tiempo: ser niño era muy diferente a lo de hoy.
Y ahí estaba Manolín. Era de los de 10 u 11 años, pero ya un fenómeno del fútbol: hacía lo que le daba la gana y no podíamos quitarle la pelota, era imposible. Él ya jugaba con gente mayor y tampoco podían quitársela. Muy joven empezó a jugar en el Fuengirola; era un espectáculo. Los rivales ya federados tampoco podían quitársela. Es de los pocos que me han hecho ir a ver un partido de fútbol con ganas, pero yo no iba a ver al Fuengirola: iba a ver a Manolín. Tanto espectáculo no podía durar mucho en el pueblo y, efectivamente, así fue.
El CD Málaga lo incorpora a su equipo filial; después jugó en el primer equipo del Málaga y se convirtió en Manolo Carrión... Y aquí quiero detenerme.
Fue una pena que los tiempos aquellos no fueran estos; primero porque Manolín no hubiera fichado por el CD Málaga, sino que hubiera ido a la cantera de un gran equipo y, sin duda, su carrera hubiera sido muchísimo más brillante de lo que fue. Le hubiera venido bien desarraigarse un poco de aquí.
Voy a sus cualidades: driblaba de una manera magnífica (pero driblar no como lo que hoy día llaman driblar, que es echar el balón hacia adelante a ver quién corre más)... Era increíblemente creativo, lo hacía bonito y efectivo, con una visión de juego extraordinaria y una calidad en el pase como el mejor de los centrocampistas. Parecía frágil, pero de eso nada: era un portento físico, tanto en resistencia como en velocidad, un jugador maravilloso y enamorado de jugar al fútbol. Hoy día se le puede ver jugando a fútbol 7 y de vez en cuando nos regala alguna genialidad de las que le vi hacer durante muchos años... Tenía un carácter muy especial —muchas veces eso jugó en su contra—, pero un gran corazón.
Carrión es de esos grandes futbolistas que logró su sueño de jugar en Primera División, pero él venía para mucho más y un club supuestamente amigo lo truncó en gran medida.
Manolín, Manolo Carrión o Manuel —como lo llamo yo ahora cuando nos vemos— ha sido uno de los grandes jugadores que yo he disfrutado, de los que te marcan cuando eres niño viéndolo jugar. La diferencia entre mis referentes de la época (Guedes, Velázquez, Tonono, a los que yo admiraba) era que ellos eran jugadores contrastados que veía en los resúmenes o en los pocos partidos que se televisaban... Y yo tenía como referente, al mismo nivel que a esos astros, a otro niño: Manolín... Manolo Carrión... como quieran.
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