José Luis Monreal y Los Martes
Los martes del «Míster»: José Luis MonrealHoy quiero recordar a una persona que me hizo disfrutar mucho del fútbol, siendo con diferencia el entrenador más exigente que he conocido en mi vida. Pero con mucha diferencia.
Yo me había enfrentado a sus equipos varias veces: siempre difíciles de ganar, ordenados, sabiendo perfectamente a qué jugaban. Pero la verdad es que yo siempre he sido más de fijarme en los futbolistas; casi nunca me preocupaba quién era el técnico rival. Tenía la teoría equivocada de que los entrenadores no meten goles. Es verdad que no los marcan, pero algunos colaboran en ambos sentidos: en meterlos y ganar, o en que te los metan y perder. El mismo entrenador puede tener ambas «virtudes».
El destino nos juntó en el Atlético Marbella, un club que había intentado mi contratación varias veces, pero por distintas circunstancias nunca se había dado.
La primera vez que hablé con él fue en Fuengirola. Yo estaba jugando al baloncesto (maldito baloncesto: mis ligamentos cruzados sabrán por qué digo lo de maldito). Ya le había dado mi palabra al secretario técnico del Marbella cuando este hombre apareció con el entrenador para presentármelo. Después del saludo de cortesía y de una charla muy breve, Monreal me dijo sin anestesia:
—Te quiero en mi equipo para que seas un jugador importante y, por supuesto, titular indiscutible. Si no, tendré que echarte...
Ese fue mi debut con José Luis Monreal. Me lo dijo de una manera muy amable, pero rotundamente firme. Me hizo gracia, la verdad; no tenía dudas de que iba a ser titular indiscutible, pero pensé: «Como se presente así a todos los jugadores, no veas...».
Yo he tenido más entrenadores que la media de los futbolistas. Del 90 % tengo muy buen recuerdo; de un 5 %, un recuerdo especial; del otro 5 % no tengo ni recuerdos y, si tengo alguno, en un espacio personal como este blog no los voy a nombrar. Monreal es el «Míster» por excelencia, y está situado en ese 5 % especial para mí.
Mi primer mes en el Marbella no fue el deseado. Una de mis condiciones de fichaje era que debían facilitarme el transporte diario desde Fuengirola a Marbella. Se hicieron los locos y yo, que también tengo mi carácter «especial», no iba a los entrenamientos. Así estuvimos una semana hasta que se solucionó... y empecé a entrenar a sus órdenes.
Eran sesiones muy duras en el aspecto físico. Después empezó a configurar el equipo en el plano táctico y estratégico, y ahí fue donde empecé a ver su verdadera categoría: era un fenómeno. No dejaba nada al azar: juego fluido, movimientos ortodoxos —como él decía—. Daba gusto jugar en ese equipo. Pero que nadie piense que todo era un mar de tranquilidad: el «Míster» era duro, muy duro. Y no permitía un solo error, ganáramos (que era lo que pasaba casi siempre) o perdiéramos.
Había un día de la semana que para algunos era un auténtico suplicio: los martes. Yo fui un mero espectador de ese día durante todo el año. Nos teníamos un respeto mutuo enorme y, además —aunque suene pedante—, el «Míster» no tuvo motivos a lo largo del año para hacerme sufrir la descripción que hacía del partido del domingo anterior.
En esa época nadie grababa los encuentros ni nada parecido, pero este hombre tenía una habilidad increíble para desmenuzar los partidos de memoria. Sobre todo lo que no le había gustado, que, aun ganando por goleada, siempre eran muchas cosas.
Empezaba por el portero y terminaba por el último cambio que hubiera hecho. Era temible. Tenía un modo de decirlo realmente duro e inquisidor, pero siempre tenía razón. Y si apretaba tanto era porque quería sacar todo lo que llevaba dentro el jugador. Aunque algunos estuvieran en otra película, con él no valía: todos teníamos que estar en la misma... la suya.
Si algún jugador en un momento dado quería replicar o dar su opinión, lo cortaba de raíz con una famosa coletilla que un gran amigo y compañero mío imitaba de forma genial:
—¡Ni es que ni na! ¡Muy mal, leche!
Y ahí se acababa cualquier discusión. Era lo que él decía y nada más. Y repito: siempre tenía razón.
El «Míster» era un entrenador extraordinario, quizás con demasiado carácter —el mismo que demostró en su época de jugador— para los tiempos que ya se empezaban a vislumbrar, donde los padres están más preocupados por acompañar a sus hijos a los partidos que de que sus estudios vayan bien. Era un entrenador para «jugadores de fútbol» = «hombres».
Nunca coincidimos muchas veces fuera de lo que fue aquel brillante equipo del Atlético Marbella. Me lo encontré una vez en El Corte Inglés de Málaga. Él acababa de fichar por el CD Málaga, estaba contento y me dijo una cosa que, viniendo de él, tenía un valor enorme, pues no era dado a los piropos ni lo hubiera dicho de no ser verdad:
—Qué pena que no tengas tres o cuatro años menos... —refiriéndose a que me ficharía para su proyecto sin dudarlo.
Yo le contesté:
—Y una rodilla en condiciones, Míster... (Maldito baloncesto).
José Luis Monreal nos ha dejado recientemente, por sorpresa y sin avisar. Nunca tuve la oportunidad de mantener una conversación larga con él fuera del fútbol, y eso lo tengo en mi debe. Nunca una persona a la que conocí más dentro de un vestuario manejando un equipo (un gran equipo, por cierto) ha dejado tanta huella en mí a nivel personal. Sentí y siento su pérdida de una manera muy especial.
Los martes del «Míster» eran únicos... como él mismo.