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domingo, 4 de diciembre de 2016

Cada época es una distinta no mezclemos

 Cada época de la historia del fútbol es distinta...

                          No mezclemos.









Cuando leo o escucho que tal o cual jugador es el «mejor de todos los tiempos», me asombro por dos motivos: primero, porque me pregunto si quienes lo afirman han visto jugar a todos los futbolistas de la historia; y segundo, y esto me asombra aún más, cuando lo dicen exjugadores de otras épocas. Creo que toda esta gente obvia un factor fundamental: las circunstancias, los medios y el contexto social de cada momento histórico.

Voy a trasladarme únicamente a las décadas en las que yo jugué: mediados de los setenta y los ochenta al completo.

Empecemos por los terrenos de juego —sin contar los campos malos de verdad, que de esos ya ni hablo—. En septiembre arrancaba la Liga y los campos de césped estaban aceptables, pero nada comparado con cualquier terreno de juego actual: aceptables y punto. A partir de ahí empezaba una pelea continua entre el césped y los cuidadores —o el cuidador, que era lo habitual—, y casi siempre ganaba el barro. Los que teníamos la suerte de jugar sobre hierba nos conformábamos con que desde la grada se viera algo verde y el balón no botara demasiado mal; con eso ya eras feliz. Y hablo de campos de Primera y Segunda División; nada que ver con las alfombras maravillosas sobre las que se juega hoy en día.

Sigamos con el material: las botas. Por muy buenas que fueran, tenías que «hacerlas» a tus pies, como se decía entonces; era un proceso real de doma de cuero. Hoy me asombra que si a alguien le dicen «vente a jugar un partido», se compra unas botas normales en cualquier tienda, se las pone, juega y no se le caen los pies a pedazos como nos pasaba a nosotros con las mejores de la época.

Y los balones... eso ya es un tema aparte. Comparar las pelotas de mi época con las actuales —y miren que las nuestras eran buenas para lo que había— es comparar dos cosas muy distintas, aunque ambas sean redondas. Antes, el balón juzgaba con crueldad al futbolista: enseguida sabías quién golpeaba bien, quién tenía calidad pura, fuerza, precisión o dominio de los efectos. Hoy en día, cualquiera le pega de cualquier manera a esos balones sintéticos, salen despedidos a mil por hora y ocultan las carencias técnicas de muchos jugadores. Por muy mal que le des ahora, el balón nunca se te queda clavado a un metro; los balones de antes, si les dabas mal, te dejaban en ridículo al instante. (Basta ver cualquier vídeo de la época, incluso de genios como Maradona, para comprobar lo que era domar aquel cuero).

Hablemos de los arbitrajes. Hoy, en cualquier estadio o campo donde se le den dos patadas a un balón, hay una cámara grabando. Antes, sin embargo, había defensas que daban miedo de verdad y campaban con absoluta impunidad por los terrenos de juego. Habíamos crecido en un fútbol violento y solo contábamos con los ojos parciales de la grada y algún fotógrafo preocupado únicamente por captar el gol. Las patadas sin balón eran parte del paisaje; no vendían periódicos.

El defensa protegía su zona como fuera, y «como fuera» significa exactamente eso: si tenía que hacer una entrada para mandarte a la grada, te mandaba; si tenía que sacudirte por detrás sin balón, lo hacía. El objetivo era la intimidación física constante. ¿Y sabéis cuál era la consecuencia? El aplauso del público y la admiración de esa prensa que hoy se escandaliza por un taconazo. El árbitro se te acercaba y te decía por bajo: «No me eches a la gente encima». El jugador talentoso tenía que jugar bien y, al mismo tiempo, aprender a defenderse de esas fieras que hoy, gracias a Dios, ya no existen en ningún campo.

Hay más factores: ¿han jugado los futbolistas de los últimos diez años alguna vez en su vida en un campo embarrado de verdad? La respuesta es no. Antes ibas a jugar al Norte y, aunque no hubiera llovido en un mes, te encontrabas una piscina de barro sí o sí. Hay fotos míticas de Zoco y Velázquez vistiendo la camiseta del Real Madrid sepultada bajo el lodo en partidos oficiales que parecen sacadas de un torneo de aficionadillos. Aquello era lo habitual. Hoy leemos o escuchamos a diario quejas porque el césped está un milímetro más alto, un poco seco o demasiado blando. Podría seguir enumerando diferencias eternamente.

¿Quiero decir con esto que los futbolistas de antes eran mejores y los de ahora son peores? No. Los de hoy juegan al fútbol que les ha tocado vivir y son profesionales extraordinarios de su época. Pero lo que no admito es que se afirme categóricamente que los de ahora son «los mejores de la historia», porque las circunstancias de hace unas décadas eran infinitamente más duras.

Respetemos cada época y disfrutemos de los grandes futbolistas que ha dado cada generación. Lo que genera un rechazo tremendo —por no usar una palabra más fuerte— es el amarillismo de cierta prensa empeñada en vender cada jugada actual como la más grande de la historia, y sobre todo ver a exfutbolistas reconvertidos en periodistas subiéndose a ese carro por puro espectáculo.

2. Resumen analítico

El autor impugna el hábito mediático de calificar a los futbolistas contemporáneos como los «mejores de la historia», argumentando que dicha afirmación ignora de forma irresponsable el contexto técnico, material y social del fútbol de décadas pasadas. A través de su experiencia como profesional en los años 70 y 80, analiza las extremas dificultades de antaño: terrenos de juego convertidos en barrizales, botas rígidas que exigían un doloroso proceso de adaptación, balones pesados que no perdonaban el mal golpeo técnico y, especialmente, la violencia defensiva impune amparada por arbitrajes permisivos y aficiones que celebraban el juego duro. La entrada aboga por el respeto a cada época histórica y critica la simplificación sensacionalista de la prensa deportiva actual.

3. Mensaje principal

El talento no se puede medir al margen de las trincheras en las que tuvo que florecer. Comparar épocas futbolísticas sin calibrar la evolución de los materiales, el estado de los terrenos de juego y la protección arbitral es un ejercicio de ignorancia o sensacionalismo. La grandeza de los futbolistas del pasado no reside en si corrían más o menos que los actuales, sino en su capacidad para desplegar arte y maestría en campos de barro, con botas de plomo, balones implacables y rivales que buscaban la intimidación física en cada jugada.

4. Historia inspirada en el texto original: "El cuero y el barro"

El crujido del cuero duro de las botas recién compradas era el primer rival del domingo. Agustín recordaba bien aquellas mañanas en las que meter el pie en el calzado requería paciencia, alcohol para ablandarlo y la certeza de que terminarías el partido con los tobillos ensangrentados.

Camino del túnel de vestuarios en un estadio del Norte, la lluvia incesante ya había convertido el área chica en un cenagal indescifrable. El balón, lejos de ser la esfera ligera y aerodinámica de hoy, pesaba como una piedra en cuanto absorbía el agua. Para dar un pase de treinta metros con rosca no bastaba con inercia o botas de última generación; hacía falta una técnica pulida a base de golpear miles de veces un cuero implacable que, si le pegabas mal, te ponía en evidencia ante diez mil espectadores.

A los diez minutos de juego, Agustín recibió pegado a la banda. Antes de que el balón llegara a sus pies, sintió el aliento del lateral rival en la nuca y el impacto seco de un taco de aluminio a la altura de la espinilla. El árbitro, impasible a unos metros, se limitó a hacer un gesto con la mano para que siguiera el juego mientras la grada local jaleaba la tarascada. Para sobrevivir y destacar en aquel fútbol no bastaba con ser un artista: había que ser un gladiador. Por eso, cuando hoy escucha en la televisión a analistas engominados hablar del «mejor de todos los tiempos» porque alguien hizo tres regates sobre una moqueta perfecta, Agustín solo puede sonreír con la nostalgia de quien sabe lo que de verdad costaba domesticar aquel balón de barro.

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