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lunes, 17 de octubre de 2016

Mea Culpa ...No soy de Messi , ni de Maradona ni de Cruyff ...¿ De quien soy yo?


Culpa Mia... No soy de Messi, ni de Maradona ni de Cruyff …                  ¿De quién soy yo?

Hoy día, como está la cosa, no sé si hago bien en confesar que mis principales ídolos —o mejor dicho, los jugadores a los que yo admiraba y mis favoritos de ver— nunca fueron Cruyff (que se puede decir que era de una generación anterior a la mía), ni Maradona (que es mi contemporáneo), ni ahora Messi (a Messi siempre le pongo asterisco, mis motivos tengo), por poner los ejemplos más relevantes...

No quiero decir que no tengan el estatus que se les da, ni mucho menos; son y han sido los mejores cuando se entiende el fútbol de forma global en términos generales. Aunque podría analizar a cada uno de ellos de forma particular, hoy la cosa no va de eso.

Después de mi sacrílega confesión, tengo que explicarlo: los antes mencionados han sido y son determinantes en la historia del fútbol. Cuando se habla de fútbol y futbolistas, se estrecha el círculo y al final siempre salen los mismos nombres; y eso es por algo, simplemente porque para la mayoría son los mejores... Los que más han hecho ganar a sus equipos, los que han influido en el fútbol de manera especial y los que en sus distintas épocas han marcado la tendencia futbolística del momento... Pero... Este es mi «pero»... No pretendo que sea el de nadie más.

Como digo... Pero... A mí me gusta verlos jugar, pero no siento nada especial a nivel emocional; siento admiración, no emoción.

Cosa que sí me ha pasado con otros, y esos sí me han emocionado, que a fin de cuentas es lo que me gusta de la vida: canciones que me emocionen, libros y escritores que me hagan pensar, gente que cuando habla capte mi interés y lo que dice —o el sentido de lo que dice— se me quede grabado, llegándome a emocionar o haciéndome sentir bien. Esto es lo que busco y esto me ha pasado desde que era muy niño.

Mis primeros jugadores preferidos fueron Guedes y Velázquez; al primero no tuve la suerte de verlo en directo, al segundo varias veces. Y aunque mi edad era temprana, ya empezaba a tener una opinión futbolística propia. En mi casa se respiraba fútbol y se hablaba de los Di Stéfano, Kubala, Eusebio, Pelé... Yo solo era un escuchante y me gustaba más la historia de sus hazañas que ellos mismos, de los cuales solo vi jugar a Eusebio en directo, aunque era demasiado pequeño para apreciar nada...

La presencia y el toque de Velázquez me marcaron el camino.

Ya más mayor, me encandilé con la elegancia de Beckenbauer y cómo, jugando tan lejos de la portería, tenía ese dominio del partido, de los compañeros, de los contrarios y me atrevo a decir que del público; solo había ojos para mirar y admirar su presencia en el campo.

Y, claro está, entre mis contemporáneos —y por solidaridad o por reivindicar mi tiempo en este deporte— está un jugador que, con el paso del tiempo, es para mí el futbolista que más me emocionó con su juego y también con su manera de entender la vida: «Sócrates», maravilloso jugador. Sócrates hacía un fútbol... que a mí, repito, a mí me emocionaba... Si alguna vez hubiera jugado contra este hombre, no hubiera tenido reparo en sentarme en medio del campo sin hacer nada solo para verlo jugar; incluso hubiera hecho una pared con él.

Y ahora, como espectador, me pasa algo parecido con Iniesta —y encima es español (o para nuestra desgracia futbolística)—. Cuando veo tanto elogio a Messi, me pregunto: «¿Estos tíos no ven jugar a Iniesta?». De Iniesta me emociona ese inmenso talento sin estridencias ni récords —tan odiados por mí, enfermo como está el fútbol de récords—, y se lo agradezco: siempre anda uno necesitado de emociones positivas. Mientras escribo esto, estoy escuchando a Serrat; en este momento, el disco titulado... Cada loco con su tema... Muy apropiado para la ocasión.

En definitiva: Velázquez y Guedes me marcaron el camino, Beckenbauer me cautivó, Sócrates me emocionó —y me emociona cada vez que veo imágenes suyas (muy frecuentemente)— e Iniesta hace que aún me siente a ver un partido esperando que la toque... Y ahora, Bellingham.

En fin, entono el mea culpa, pero a estas alturas de la película... quiero ser culpable.

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