¿Es realmente el fútbol un deporte de equipo?
Sobre el papel, sí, claro que lo es.
Juegan once contra once, se entrenan toda la semana, preparan estrategias, movimientos, automatismos… todo lo que hace que el fútbol sea, supuestamente, un juego colectivo.
Pero hay un elemento en este deporte que es determinante, que es lo más importante: el gol.
Y es ahí donde todo cambia.
Porque cuando un jugador mete un gol —da igual la categoría—, ¿qué es lo primero que hace?
Busca la grada.
A ver si está el padre, la madre, la novia… se besa el escudo, hace el gesto del corazón, mira a la cámara.
Y lo último que hace, si es que lo hace, es celebrar con sus compañeros.
Al final llegan, le abrazan, le felicitan, pero la emoción del momento, el primer impulso, ya ha sido para otro público.
Y eso me hace pensar que, aunque el gol representa la expresión máxima del objetivo por el que uno entrena —la victoria—, el fútbol se ha convertido desde hace años en un deporte de egoístas que juegan en equipo.
Cuando yo jugaba, hasta principios de los noventa, jamás vi eso.
Ningún compañero metía un gol y salía corriendo hacia la grada o hacia la cámara.
El gol se celebraba juntos, porque era de todos.
Recuerdo que la primera vez que vi ese tipo de celebraciones fue en jugadores sudamericanos, y me chocó mucho. Era otra forma de sentir el fútbol, más personal, más emocional. Pero con el tiempo, ese gesto —esa búsqueda del protagonismo— se extendió por todas partes.
Hoy lo ves en cualquier campo, en cualquier categoría, en cualquier país.
El fútbol sigue siendo un deporte colectivo en la táctica, en el entrenamiento, en la preparación.
Pero en la forma de sentirlo y vivirlo, se ha vuelto individualista.
Ya no se entrena para el equipo, sino para destacar dentro del equipo.
Ya no se busca la victoria común, sino la imagen propia.
El gol, que debería ser la recompensa del trabajo de todos, se ha convertido en el símbolo del yo triunfador.
Quizá haya llegado el momento de recuperar la esencia del nosotros.
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