Lo Importante en el Fútbol (y en la Vida)
Al no haber jugado en los grandes equipos, tengo una visión cruda de lo que es sobrevivir en el fútbol. Dos tipos de supervivencia: la deportiva, que te obliga a mantener un nivel alto para que los clubes te miren; y la económica, acertar con un equipo que pueda pagarte el sueldo todo el año. En mi época, era fácil meter la pata. Pero tras más de 15 años pateando el balón, llegué a una conclusión clara: lo más importante de un equipo —o de cualquier cosa— es quién lo dirige desde los despachos.
En todos los clubes donde fui feliz, donde rendí al máximo y donde el equipo sacó lo mejor de sí (o casi), siempre había un buen presidente al mando. Sin excepción. No era magia; era dirección: gente realista, que exprimía cada recurso como si fuera el último.
Te cuento un caso que lo demuestra todo. Temporada 1987-88: en la jornada 15, éramos colistas con solo 5 puntos en una Liga a dos por victoria. El Cieza, que al final de temporada acabó último, tenía 11 —nos sacaba 6, ¡tres partidos de ventaja! Esa semana, la directiva saltó por los aires. Entra un nuevo presidente, se hace cargo del club al completo. Cambios: un entrenador nuevo y un portero de urgencia, porque el titular se lesionó y no podíamos quedarnos sin manos en la portería. El resto, los mismos de siempre.
¿Clasificación final? Séptimos, con 40 puntos en 23 jornadas. El equipo que más sumó si la Liga hubiera arrancado en la jornada 16. Solo con un cambio en los despachos, todo cambió.
Para mí, es evidente: lo importante en un equipo, en una empresa o en una familia es la dirección que tomas. Ser realista, saber sacarle el jugo a lo que tienes. Mucha gente no estará de acuerdo —lo entiendo—, pero la vida me lo ha enseñado a hostias.
Hoy, hay un club que ayer presentó su presupuesto para el año que viene: más de 1.000 millones de euros. Lo miras, ves quién lo dirige, y no te sorprende nada. Una pena que en este país la envidia sea nuestro deporte nacional. En vez de copiar un modelo que funciona y lo demuestra año tras año, perdemos el tiempo en críticas estériles. Ojalá aprendamos a admirar y emular, en lugar de envidiar. Al final, eso es lo que separa a los que sobreviven de los que brillan.
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